Seis miradas de Cuaresma


 

SEIS MIRADAS DE CUARESMA

 

        La Cuaresma es el despertador del letargo y de la modorra en la vida cristiana y eclesial, es el desfibrilador del corazón desbocado por la mundanidad o enquistado, asfixiado y enrocado solo en uno mismo. La Cuaresma es la permanente llamada a lo esencial: “El gran misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria”.

La Cuaresma es el tiempo para dejar espacio a Dios, para allanarle nuestros propios espacios personales que lo invaden todo y que tantas veces hasta lo arrincona con la excusa y el pretexto de dar supuesto que Él ocupa en nuestras vidas el espacio que nosotros mismos nos encargamos de llenarlo cada vez más de nuestro propio ego y de la banalidad y de la mundanidad que nos circunda e invade.

La Cuaresma es la gran pedagogía de Dios que sabe que continuamente tiene que recordarnos su historia de amor con todos y con cada uno de nosotros.

La Cuaresma es evocación y actualización de la primera gran llamada del Señor: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Marcos 1, 14-20). Una llamada, un aldabonazo, un clarín, un timbre, una mirada fija hacia la conversión que significa aprender y volver a aprender a mirar a Jesucristo -como hacía Teresa de Jesús a su Cristo muy llagado- y contemplar su cuerpo desnudo, sus manos rotas, sus pies atados, su corazón traspasado, y  sentir la necesidad de responder con amor, como Francisco de Asís, al Amor que no es amado.

La Cuaresma es, sí, una nueva mirada: la que Dios siempre fija sobre nosotros y la que nosotros debemos dirigir a Dios y al prójimo. De modo que la Cuaresma es una mirada desde el corazón.

“«Os deseo que aprendáis a mirar la vida desde lo alto, desde la perspectiva del cielo; a ver las cosas con los ojos de Dios, a través del prisma del Evangelio” (Papa Francisco, Twitter, 24-2-2020).

«Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (n. 123). La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren”.

“Invoco la intercesión de la Bienaventurada Virgen María sobre la próxima Cuaresma, para que escuchemos la llamada a dejarnos reconciliar con Dios, fijemos la mirada del corazón en el misterio pascual y nos convirtamos a un diálogo abierto y sincero con el Señor. De este modo podremos ser lo que Cristo dice de sus discípulos: sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14)”.

(1)Una mirada nueva desde la oración.- La Cuaresma encuentra en la oración la más apropiada de sus atmósferas y de sus escuelas. La oración cuaresmal debe ser más frecuente y habitual. Su tonalidad propia es la humildad, la insistencia, la confianza. Es oración de súplica y de petición. La oración cristiana de la cuaresma debe intensificar sus dimensiones bíblica y litúrgica, de gran riqueza, variedad, matices y contenidos durante los cuarenta días de este tiempo. En este sentido, la oración litúrgica ha de ser más pausada, sencilla, cordial, humilde, pobre, seria y profunda.

“Es saludable contemplar más a fondo el misterio pascual, por el que hemos recibido la misericordia de Dios. La experiencia de la misericordia, efectivamente, es posible solo en un «cara a cara» con el Señor crucificado y resucitado «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo. Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene. De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo.

La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad”.

El diálogo que Dios quiere entablar con todo hombre, mediante el misterio pascual de su Hijo, no es como el que se atribuye a los atenienses, los cuales «no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad» (Hechos de los Apóstoles 17,21). Este tipo de charlatanería, dictado por una curiosidad vacía y superficial, caracteriza la mundanidad de todos los tiempos, y en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación”.

(2) Una mirada serena y exigente de introspección, examen  continuo de conciencia.-  Esta mirada es para el padre Pío de Pietrelcina clave esencial en la Cuaresma y consiste en estar en alerta permanente, en prestar atención, en tener encendido un despertador permanente y conocer mi corazón, mis motivaciones y mis preocupaciones: ¿por qué hago las cosas?, ¿qué busco?, ¿qué intereses me mueven?, ¿busco de verdad la gloria de Dios y hacer su voluntad?, ¿priorizo y estoy atento para buscar el bien de los hermanos y hacerlo desinteresadamente?, ¿siempre me estoy buscando preferentemente a mí mismo, busco ser apreciado como prioridad?, ¿cuál es mi relación con el sufrimiento de los demás: indiferencia, interés verdadero y efectivo, intentar quitarme el “marrón” de encima, hallar excusas para el no compromiso o el compromiso mínimo?

Esta clave cuaresmal del Padre Pío –nuestra segunda clave cuaresmal-  significa, en definitiva,  rectitud de intención y una actitud de desprendimiento, de entrega, de generosidad, de disponibilidad y de servicialidad desde el seguimiento lo más radical posible a Jesucristo: “Quién guarda su vida para sí mismo y para ganar el mundo, la perderá y quien pierde su vida por mí y el Evangelio, la ganará” (Mateo 10.30 y varias citas más). Y ¿cómo es posible que si le hemos dado lo principal al Señor y a Él nos hayamos consagrado, luego, a la hora de la verdad, juguemos a regatearle en las pequeñas renuncias de cada día, solo para que crezca, sin ton ni son –y menos aún ¡ya a estas alturas de nuestras vidas…!- nuestro ego?

(3) Una mirada más atenta, abierta y contemplativa a la Palabra de Dios.- Escribe el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año: “Cuanto más nos dejemos fascinar por su Palabra, más lograremos experimentar su misericordia gratuita hacia nosotros. No dejemos pasar en vano este tiempo de gracia, con la ilusión presuntuosa de que somos nosotros los que decidimos el tiempo y el modo de nuestra conversión a Él”.

Y a este respecto, bueno será que nos preguntemos qué es la Palabra de Dios para mí, en lo concreto de mí mismo. Podemos correr el riesgo de mascullar una ensalada diaria de salmos y textos de la Palabra de Dios, incluso sabernos de memoria algunos fragmentos de ella, pero la Palabra de Dios no acaba de hacerse vida en nosotros. Como escribiera san Jerónimo, “ignorar las escrituras es ignorar a Jesucristo” y es, añado yo, ignorar la vida y la misión de la Iglesia y de los cristianos. Pero no se trata de un conocimiento teórico (que siempre es bueno), sino sobre todo de un conocimiento sapiencial, experimental, vital: que la Palabra se haga vida en mí, que me diga algo, que me deje interpelar por ella, que me ilumine y guíe de verdad.

Necesitamos el encuentro con la Palabra de Dios  en el día y en la hora de cada día y de cada hora porque siempre la Palabra nos dice algo nuevo, nos interpela de manera distinta, nos ha de resonar de otra manera, nos ha de ayudar a responder y a entender mejor los signos concretos de cada tiempo y de cada momento.  Basta con que sea una frase, una idea, una construcción, un tiempo verbal, un personaje, una sugerencia, una intuición que percibamos con ojos nuevos como una chispa de la gracia…

La Palabra de Dios es siempre un manantial de agua viva y nueva. En ella, en la Palabra, es como si Dios, el Dios de los cristianos, estuviera mandándome y mandándonos un mensaje concreto y puntual, una ráfaga de luz, un suspiro de esperanza,  un bálsamo consolador,  un atisbo de certidumbre,  una respuesta a completar después y a llevar a mi vida, un hálito de fuerza para el aquí y el ahora.

Lámpara para mis pasos, luz en mi camino, más dulce que la miel de un panal, brisa suave en horas de bochorno, descanso en medio de cansancio y la fatiga, elocuente susurro en medio del silencio,  fuego y  martillo que golpea la peña,  agua que horada la piedra, lluvia que empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar… Palabra viva y eficaz y más cortante que espada de doble filo, que penetra hasta la división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas, y discierne pensamientos y sentimientos del corazón…

Manantial, sí, de agua siempre viva y nueva, que siempre me dice y nos dice algo nuevo y bueno, que siempre llega a mí con el esbozo de una respuesta, el motor de una buena acción y la misteriosa, consoladora y certera presencia de un Amigo, que me acoge, me alumbra, me ama y me quiere transformar para que me sepa dar más y mejor a los demás. Así debería ser nuestra relación con la Palabra de Dios.

Y propósito concreto para esta Cuaresma, os propongo que cojáis un cuaderno desde hoy y que al menos cada día, con su fecha y si ha habido alguna circunstancia especial la consignéis también, escribáis al menos una frase de la Palabra de Dios que os haya dicho algo nuevo, una ráfaga de luz, una brinza de consuelo y esperanza, en el aquí y ahora del cada día cotidiano y concreto de vuestra vida.

(4) Una mirada más humilde en y desde la verdad de la humildad.- Y la verdad de la humildad significa que no hay humildad sin humillación. Y que la soberbia, sobre todo la interior, la espiritual, de las élites cristianas y espiritual, es muy peligrosa, sobre todo, porque se envuelve, se reviste y se disfraza de humildad.

“¡Puras como ángeles, soberbias como demonios!”; “Yo soy muy humilde, mire usted, padre, pero el callo que no me lo pisen que yo no se lo piso a nadie”; la moviola después de recibir una humillación que aparentemente hemos acogido con humildad y virtud… hasta que luego, cuando menos te lo esperas, se desata la tormenta repleta de nubarrones, rayos, truenos y centellas…; o “el perdono, pero no olvido”.

“Para seguir a Jesús hemos de dar tres pasos: acercarnos a Él para conocerlo; confesar -con la fuerza del Espíritu Santo- que es el Hijo de Dios; y aceptar el camino de humildad y humillación que eligió para redimir a la humanidad” #HomilíaSantaMarta (Papa Francisco, Twitter, 20-2-2020).

Jesucristo no solo fue humilde, sino que se humilló, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz (Filipenses, 2, 6-11). El que se humilla, será enaltecido y el que se enaltece (aunque sea solo en el fondo de su corazón como la parábola del fariseo y del publicano –Lucas 18, 9-14- en el templo), será humillado (Eclesiástico, 3, 17-18; Lucas 14, 7-11). Y es que un corazón quebrantado y humillado, nunca lo desprecia el Señor (Salmo 50), y sí hace frente al corazón orgulloso y arrogante.

“«Con la medida con que midáis, seréis medidos» (Mc 4,24). Pidamos al Señor la gracia de no tener miedo de la cruz, pidamos la capacidad de soportar alguna humillación, porque este es el camino que Él eligió para salvarnos. #HomilíaSantaMarta” (Papa Francisco, Twitter, 30-1-2020).

El hombre más grande nacido de mujer -Juan el Bautista- y el Hijo de Dios eligieron el camino de la humillación. Este es el camino que Dios muestra a los cristianos para seguir adelante. No se puede ser humilde sin humillaciones. #HomilíaSantaMarta” (Papa Francisco, Twitter, 7-2-2020).

(5) Una mirada reconciliada y reconciliadora.- La Cuaresma es tiempo especialmente oportuno para pedir perdón por nuestros errores, negligencias, omisiones,  excesos y defectos. Y debemos pedir perdón con sinceridad y humildad. Un corazón que experimenta el perdón es un corazón sanado y es un corazón evangelizado y evangelizador. Es tener un corazón y una mirada que sabe de verdad que es verdad aquello de que quien esté libre de pecado tire la primera piedra (Juan 8, 1-7).

Pedir perdón y recibir el perdón nos hace mejores, más libres, más humanos, más cristianos, mejores discípulos misioneros del Señor. Y nos evita la lacra del juicio sobre los demás, el compararnos a ellos y amortiguar el pequeño y gran fariseo que todos llevamos dentro.

Tener este corazón y esta mirada reconciliada nos lleva, además, a vivir la verdad plena e integral del perdón: ser perdonados y perdonar. Es hacer realidad la quinta petición del Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mateo 6, 12).

Porque si el ser perdonados nos hace grandes, no menos grandes nos hace el perdonar. Porque si el pedir y recibir el perdón nos evangeliza y es semilla y dinamismo evangelizador, no menos lo es el perdón. “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto” (Salmo 129). Pues entonces, ¿vamos llevar nosotros cuentas de los males que nos infringen los demás?, ¿para qué?, ¿para cavar un pozo negro de rencor, de resentimiento y hasta, tarde o temprano, de odio? No podemos permitir que nuestro corazón se emponzoñe y enfangue en este pozo negro y que nuestra mirada su turbe,  se enturbie y se nuble por un horizonte retrospectivo (a veces incluso hasta preventivo…) de las ofensas, injusticias y maldades recibidas. No es fácil perdonar, incluso cuando nos ofenden sabiendo lo que hacen… (Lucas 23, 34).  Incluso cuando nos tomen por tontos, por desasistidos y por débiles. Y cuando, en modo alguno, recibamos ninguna recompensa.

Si ser perdonados nos hace libres, no menos libres nos hace ofrecer el perdón a quienes nos ofenden. Si recibir el perdón es fuente de nuestra alegría, no es fuente de menor alegría el perdonar. Pero, ¡ojo!, normalmente es aquí donde el demonio en tantísimas ocasiones nos pondrá a prueba, con el engaño –el demonio es el príncipe de la mentira- de la autoestima, del amor propio y de tantas sutilezas que nos impiden perdonar y que, incluso, cuando pensábamos que ya habíamos perdonado la cicatriz de la herida infringida vuelve a abrirse, a supurar y a sangrar. Nunca podemos dar por ganada del todo esta batalla, pues el diablo acecha, de modo que debemos invocar continuamente la ayuda de Dios.

Pedir perdón y perdonar nos ayudan, pues, a experimentar mejor el don de la verdad integral de la reconciliación (“En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”, 2 Co 5,20). Recibir y otorgar el perdón es tener un corazón y una mirada reconciliados y reconciliadores,  y, de este modo, poder testimoniar y servir humildemente el Evangelio de la reconciliación y de la misericordia. Y como no es fácil, el corazón y la mirada reconciliados y reconciliadores experimentan mejor la gratuidad de recibir el perdón y de ofrecer el perdón. Y así vivir y servir la paz, el don de los dones del Señor que es nuestra paz (Efesios 2, 14) y nuestra alegría. Y la paz (tener y ofrecer paz), recordemos a san Ignacio de Loyola, es el gran criterio de discernimiento para nuestra vida cristiana cotidiana.

(6) Una mirada de misericordia y caridad.-  Porque ser perdonados y perdonar, porque el fruto de la oración, de la conversión y de la escucha de la Palabra y porque la humildad verdadera y completa son siempre don de Dios,  este don de Dios, el Dios siempre rico en misericordia (Efesios 2, 4-8: “Porque Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con Él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”), ha de ser también don para los demás y visibilizar, de este modo, la vocación cristiana, vocación de don para los demás, vocación de misericordia y de caridad. Y ello desde el misterio pascual es un absoluto imperativo categórico y una necesidad.

Escribe el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de 2020: “Poner el misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría”.

Y prosigue: “Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo. Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo. Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía”.

Los pobres nos molestan, en el fondo y en la forma.  Tenemos organizada la caridad y queremos servirles, porque sabemos que debemos hacerlo, solo y exclusivamente desde nuestros servicios organizados de caridad, con sus horarios, sus normas y requisitos, que nadie duda que sean necesarios. Pero los pobres nos molestan: que huelen mal, que se gastan el dinero en vino, que si pueden nos roban los lampadarios –y hasta puede ser verdad-, que si ellos mismos no quieren cambiar de vida…, que estamos dispuestos a servirles pero como a nosotros nos gusta servirles… Humanamente es comprensible todo esto, no lo dudo. Pero, ¿dónde quedan Mateo 25 (Bienaventuranzas) y Mateo 25 (el juicio final)?, ¿dónde queda aquella frase, que es verdad, según la cual “los pobres son el mayor tesoro de la Iglesia” y esas otras dos que dicen que “los pobres nos evangelizan” y que “los pobres son la escalera y el camino hacia el cielo”? Por supuesto que necesitamos organizar la caridad, pero nunca a costa de que sea un silenciador y justificador de nuestra conciencia, un amortiguador que desdibuje de nosotros una mirada de misericordia y de caridad hacia ellos.

Dios nos ama apasionadamente a todos y nos ama a todos hasta el extremo (Juan 13, 1, 15) y su obra redentora es para todos, también para quienes la rechazan, la minimizan o se olvidan de ella. Y también para ellos, nuestros hermanos los pobres. Porque “lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Y si no, fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” (I Corintios, 1, 25-29).

No hay Cuaresma, ni hay Pascua, ni hay vida cristiana si no hay una mirada por nuestra parte de misericordia y de caridad. Porque nuestro Dios, el Dios que hace salir su sol a buenos y malos (Mateo 5, 45), a justos e injustos, a ricos y pobres, nos reviste de sus entrañas de amor y de misericordia para que también nosotros  tengamos de entrañas de misericordia ante toda miseria humana (Joel 2,12-18).

 

 

“Este es el día del Señor, este es el tiempo de la misericordia.

Delante de tus ojos ya no enrojeceremos/ a causa del antiguo pecado de tu pueblo.

Arrancarás de cuajo el corazón soberbio/ y harás un pueblo humilde de corazón sincero.

En medio de los pueblos nos guardas como un resto/ para cantar tus obras y adelantar tu reino.

Seremos raza nueva para los cielos nuevos,/ sacerdotal estirpe, según tu Primogénito.

Caerán los opresores y exultarán los siervos,/ los hijos del oprobio serán tus herederos.

Señalarás entonces el día del regreso/para los que comían su pan en el destierro.

Exulten mis entrañas, alégrese mi pueblo/ porque el Señor que es justo revoca sus decretos;

la Salvación se anuncia donde acechó el infierno,/ porque el Señor habita en medio de su pueblo.

 

A  Jesús  Nazareno, poema-oración de Francisco Vaquerizo

Esa mirada, Jesús,/ que viene de tan arriba/ y deja caer su gracia

de salvación y de vida/como una lluvia… Esa boca,/ tan seca y estremecida/ de haber sorbido las culpas de nuestra humana malicia…

Esas manos, mi Jesús,/ más que atadas, recogidas,/ tan delicadas, tan suaves, /tan tiernas, tan compasivas…

Esa Corona, Señor,/ esa Corona de Espinas,/ porque eres rey de verdad/ aunque parezca mentira…

Esos hombros poderosos/ de apariencia tan exigua,/ capaces de soportar/lo que se les eche encima…

Ese corazón, que late/ al ritmo que el Amor dicta,/ porque el amor es la esencia/ de la cristiana doctrina… Y esa sangre redentora,/ que a todos nos reconcilia… ¡Ay qué dolor tan inmenso/ y, a la vez, qué inmensa dicha/ ver a Jesús Nazareno/ calle mayor abajo, calle mayor arriba.

Jesús de las Heras Muela

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