La respiración de Dios 2


El primer día que fui a la Iglesia después de muchos años fue para respirar. Entonces no me di cuenta. Sólo me fijé en el cuidado con el que el sacerdote limpiaba la copa que había contenido la Sangre de Cristo y me acordé de mi madre y de que hasta una servilleta se puede doblar con amor.

Otro día volví a la Iglesia para respirar y tampoco me di cuenta. Me fijé en que alguien había vuelto a colocar flores delante del altar.


Ese día el sacerdote habló del hijo pródigo y cuando me arrodillé sentí un profundo agradecimiento hacia todos aquellos que habían seguido colocando flores delante del altar incluso para los que no mirábamos.

Seguí yendo a misa para respirar, y seguía sin darme cuenta. Un jueves el sacerdote dijo “Este es el Cuerpo de Cristo”. Lo había dicho todos los días  pero no sé por qué, yo no había prestado atención. Ese jueves el sacerdote volvió a decir “Este es el Cuerpo de Cristo” y tampoco sé por qué, pero el caso es que ese día me acordé de cómo respiraba mi madre cuando estaba cerca de Dios. Estuve años observando su respiración sin entender cómo lo hacía. Ese jueves, el sacerdote volvió a decir “Este es el Cuerpo de Cristo” y  yo por fin respiré. Me acordé de mi madre y comprendí por qué cuando estamos cerca de Dios doblamos las servilletas de otra manera. No se trata sólo de respirar. Es que cuando estamos cerca de Dios respiramos con el corazón.

Tatiana Martínez García


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